miércoles, 3 de agosto de 2011

Todos los hombres


“Lo que hace un hombre es como

si lo hicieran todos los hombres.”

                                                                                              Jorge Luis Borges

Cuando terminé de reparar la cerca, me agaché para recoger las herramientas y la punzada en el muslo izquierdo me abordó con furia. Me extendí sobre el monte, esperando que disminuyera el dolor. Cerré los ojos como solía hacerlo en la trinchera. Recordé que al amanecer cesaba el fuego. Esa era la pausa con la cual contábamos los días. El calendario era una curiosidad, una reliquia de tiempos menos absurdos.
            Escuché unos pasos, abrí los ojos y me encontré con Ana. Ahora la puedo distinguir perfectamente, inclusive por el sonido de sus pasos. Muy diferente a la primera vez: en aquel momento yo era un bulto medio inconsciente y sólo pude ver una silueta que me arrastró por los hombros. Ahora admiro sus pequeñas arrugas al borde de los ojos y un cayo en su dedo meñique. Me ha traído una taza de té. Aunque ella hace su aparición aparentemente fortuita estoy casi seguro que me miraba desde la casa, hasta puedo asegurar que calentó el té antes de verme caer.
Tengo que decir que Ana no dejaba de sorprenderme. Mientras estuve en cama pude ver como se encargaba de la casa: reparó una pata de la cama, arregló una gotera, limpiaba los vidrios. También la vi manipulando mis armas y cuando aprendió a dispararlas salía a cazar conejos cada dos días. Yo me preguntaba si mi esposa se las habría ingeniado tan bien como Ana.
A veces le pido que me cuente los primeros días, cuando me llevó arrastrando hasta su casa. “Estuviste delirando seis días. Hablabas mucho de una trinchera.” Balbuceaba sobre mi antiguo puesto, el cual defendí por noventa y dos días junto con un pelotón que fue reduciéndose cada noche. La última noche sólo quedábamos doce o menos. Fue esa madrugada cuando deserté. A nuestros enemigos casi ni los vi, sabía que estaban hacia el Oeste y desde varios kilómetros nos atacaban con morteros y cañones. Por eso caminé hacia el Este. Cuando me detenía en las trincheras aliadas me hacía pasar por un mensajero, inventaba el nombre de un general y como nadie lo conocía continuaba mi camino, no si antes reabastecerme de agua y algún pedazo de pan.
Ana me ayudó a levantarme y caminamos hacia la casa. Es una antigua cabaña la cual está discretamente cubierta por los árboles. A veces llegan algunos pájaros y se posan en las ramas, algunos cantan hasta que el eco lejano de las explosiones los hace escapar. Sin embargo, desde hace algunos días hay varios que han decidido quedarse. A ella le gusta ver cómo hacen sus nidos.
Era de noche cuando pasé cerca de la cabaña de Ana por casualidad, recuerdo los gritos de unos hombres, me acerqué y me escondí tras unos arbustos. Vi a dos tipos – desertores como yo – tratando de violentar la puerta, finalmente lo lograron. Escuché el grito de una mujer. La sacaron a empujones de la casa. Ellos gritaban por comida. Uno de ellos alzó su rifle para golpearla. Les disparé a ambos por la espalda. De inmediato fui a ayudar a Ana y no me percaté que uno de ellos aún estaba vivo, me hirió en la pierna. Caí en un estado nebuloso, escuché otros disparos. Ana me contó que liquidó al herido.
Luego vinieron los días de mi delirio y mi recuperación. Después de tres meses ya puedo caminar con regularidad, en ese tiempo supe que ella esperaba por su esposo, hace un año recibió su última carta, pero ella no pierde el aliento. En los últimos días pudimos reparar algunas partes de la casa, hoy decidí arreglar la cerca, con los restos de alambre que quedaban de la valla original pude crear un perímetro. Este es mi último gesto de agradecimiento para Ana. Porque en la noche partiré. Aunque aún cojeo, no puedo dejar de pensar en mi familia y en lo mucho que me gustaría volver para reparar mi propia casa.
La silueta de Ana se pierde entre las colinas mientras camino hacia el Este. Luego de dos días encontré una carretera familiar. Estaba abandonada y pude ver a los costados los chalecos, armas y otros objetos de nuestro ejército. Quizás en estos tres meses las tropas fueron diezmadas y ya somos otra nación.
Pero lo que no esperaba era encontrar las casas de mi ciudad habitadas, la bulla de la gente pegando tablas, arreglando las fachadas agujereadas, cambiando las tejas. Pude ver a algunos de mis antiguos vecinos, con los rostros cambiados por la guerra, pero felices por el regreso. Con la rapidez que me permitía la cojera pude llegar a casa. Encontré a mi esposa arrastrando un saco de cemento junto con mi hijo, los abracé fuertemente. Cuando pudimos controlar la euforia del encuentro, mi esposa me contó que hace tres meses todos los hombres desertaron masivamente y volvieron a sus casas. Lo mismo ocurrió con los del bando contrario, cuando las trincheras se quedaron vacías los generales firmaron un armisticio para proteger su honor.
Cuando me recuperé plenamente, decidí visitar a Ana y llevarle provisiones. Mi hijo me acompañó en el viaje. Cuando llegamos a la cabaña, estaba casi en ruinas, sólo la cerca de mantenía en pie. Revisamos la casa, estaban mis viejas armas tiradas en el piso de la sala. No encontramos a Ana, pero en la parte trasera estaba una cruz con su nombre, también tenía escrita una fecha. Curiosamente era de principios de la guerra, casi un año antes de mi llegada.

Javier Domínguez 

2 comentarios:

Cesar Dominguez dijo...

turu-turu-turu-tun-tun-tun-tun (Musiquita de Twilight zone)

Ithaca dijo...

jejeje, sí ese es el soundtrack.