domingo, 7 de agosto de 2011

Amor a toda costa

 Entiendo el hecho de que nadie compartiera mi decisión de marcharme a vivir a la playa, no todos están dispuestos a dejar la seguridad de un empleo y las comodidades urbanas y mucho menos por amor.
No puedo negar que a veces añoro el agua caliente de la regadera o los inodoros de porcelana, pero son nostalgias momentáneas. Lo más duro fue el último correo electrónico de Guillermo: era casi un memorando para confirmar el depósito de mi liquidación,  palabras escuetas para desear suerte y una promesa falsa de mantenerse en contacto.
Ese fue mi último roce con el yuppie que fui alguna vez, ahora habito en una casucha en un trozo de tierra desierta. Por el sur mi frontera es la autopista, por el este y el oeste los manglares y las palmeras con cuevas de cangrejos, por el norte el mar de Amada. Cada noche me siento en la playa y mido el tiempo de su llegada: cuento las crestas de las olas que se deshacen en la arena. Hoy tardó trescientas ochenta y dos crestas para llegar. La veo salir del agua y sacudirse un poco el salitre de la piel, Amada, es la sirena por quien decidí abandonar todo. Hace tres años muchos me interrogaron por mi súbita afición a la playa, obviamente no podía develar el secreto del todo, apenas podía limitarme a decir que había conocido a una mujer única.
 Es claro que nuestro romance no fue sencillo, yo no sabía nadar ni ella caminar, por lo tanto al principio sólo nos veíamos en la orilla de la playa. Luego ella me enseñó a nadar y a practicar el submarinismo. Amada me llevó a conocer su casa en los vericuetos del Mar Caribe, a degustar el sabor del plancton y a escapar de los pescadores. Estuvimos así por meses y luego yo le enseñé a caminar, le mostré mi casa, el agua de coco y los tostones con ajo.
Lamentablemente hace dos semanas nos confiamos de la soledad de los manglares y decidimos vernos en plena tarde, nos metimos bajo el aire espeso de las plantas y ahí hicimos el amor, fue quizás el oleaje y la espuma lo que llamó la atención de unos turistas en lancha y que al vernos jugueteando en la orilla no cesaron de tomarnos fotografías. Luego vino el acecho de la prensa, los curiosos y los oportunistas que deseaban cobrar la entrada para ver a Amada. Fue divertido al principio, pero después de unos días apenas podíamos vernos entre tantos entrometidos, por eso le envié un mensaje en una botella para participarle de mi decisión definitiva e irrevocable.
Ella me mira con sus inmensos ojos plateados, está apunto de soltar una lágrima  por la alegría de saber que he decidido marcharme de nuevo de mi mundo para acompañarla hasta el fondo del mar. Pero antes nos tomaremos una foto en el patio de la casa, para dejársela a quienes deseen la imagen de un amor a toda costa.
Javier Domínguez

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