Aunque he sido descartado como participante, al menos tengo la prerrogativa de observar. Esa es una regla no establecida formalmente, pero como soy el inventor del juego, lo menos que merezco es la posibilidad de doblar las reglas a mi gusto. De cualquier forma, la improvisación es parte de la naturaleza del juego.
La primera noche establecimos algunas reglas: las partidas serían los sábados por la noche, nada de armas largas, sólo pistola o revólver, no era válido recargar, con lo cual se daba la condición para probar la destreza de cada jugador. Por eso, a la cuarta partida los que se presentaron con pistolas automáticas de catorce y dieciséis disparos eran vistos como aficionados. A diferencia de otros deportes, mientras más simple fueran las herramientas, más prestigio adquiría el participante.
Cuando pasaron los meses establecimos varias categorías: contra reloj, caza con un disparo, con dos disparos, descarga completa, etc. Se crearon tantas que destinamos un sábado para cada una, con eso se logró limitar el número de participantes, porque crecimos tan rápido que se estaba haciendo difícil pasar inadvertidos.
El asfalto temblaba en las madrugadas con la manada de Jeeps. Siempre despertábamos a las presas con el rugir de los motores y las veíamos iniciar una carrera desesperada por los callejones del centro, algunas ni siquiera tenían tiempo de levantarse de las aceras sucias y terminaban casi de inmediato con un disparo en la cabeza. Aunque la presa tratara de escapar se le daba caza en pocos minutos.
Quizás el hecho de que yo quedase descalificado fue una consecuencia lógica luego que me asignaron el caso. Aunque le argumenté al Comisario que tenía otros casos pendientes, él no escuchó razones. Ahora cada mañana del domingo, finjo que levanto la planimetría de los asesinatos y los cuerpos de los indigentes, pero sólo con mirar los orificios puedo reconocer al autor.
Sin duda, que todos los jugadores desarrollan un estilo propio, cada impacto de bala es casi como una firma.
Javier Domínguez

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