
Cadáver Exquisito
Me alegra mucho que hayas podido venir, ¿qué te parece el nuevo local? ¿Te gusta el detalle del techo? Sí, lo mandé hacer estilo choza con palmas secas, lo hicieron unos albañiles que vivieron un tiempo en el Amazonas. Ellos fueron los que me recomendaron dejar las paredes bajas para la ventilación y todo eso. Pensé que no iba a verte más, desde el accidente he visto a pocos amigos. Ven siéntate en la barra de la cocina, ahora esto se lo pasa lleno y no puedo dejar la cocina sola, si se termina el guiso es el acabose. Así me pasó cuando empezamos a llenarnos de gente, porque no creas que esto estaba lleno desde el principio, que va, durante días los vimos pasar por la autopista sin dejarnos ni la mirada, me pasaba horas en una mesa del salón, ligando que alguien se detuviera. Si hubieses visto la cantidad de plátanos que se me pudrieron en el almacén que tengo atrás. Mira estas canas, en esos dos meses envejecí como cinco años, a veces pensaba que yo también iba a alcanzar a Miriam.
Eso era lo peor, no escuchar a Miriam diciéndome: “Tranquilo negro, mañana es otro día”. Fue muy duro al principio, algunas personas paraban y no daban ni las gracias, no lo entendía, no sabía porqué algunos se iban con la cara doblada. Hasta que un día unos clientes dejaron medio patacón en la mesa y de paso de pollo. Aunque no lo creas, los de pollo lo dejaban y parecía que hubiesen chupado limones, porque tiraban los billetes y me culpaban hasta de los huecos en la autopista. Te acuerdas que los de pollo eran los favoritos en el local de San Joaquín, claro, ese guiso lo preparaba Miriam, éste lo hacía yo, por eso la gente se iba caliente de aquí, no regresaban, porque no tenían su toque. Chico, yo hacía ese guiso lo mejor que podía, pero en San Joaquín, Miriam siempre terminaba de prepararlo, ella me decía: “Tú nada más mira, un día a lo mejor aprendes y así no me corres a la clientela con esos guisos insípidos tuyos” y yo me quedaba picando los aliños: cinco dientes y medio de ajo, dos cebollas moradas, doscientos treinta y cuatro gramos de sal, un golpecito de azafrán, tres cuartos de maíz en lata, nueve tiras de pimentón y cualquier otra cosa que tuviera a mano y luego me dedicaba a aplastar plátanos.
¿El secreto de Miriam? Pues al principio no tenía idea, yo solo me acuerdo que gocé un mundo ayudándola a cocinar, ahí como medio intruso porque yo venía de trabajar como obrero, media vida soldando y después cerraron la planta, me tocó vender patacones en una taguara al borde de la carretera, y no tienes idea de lo agradecido que estoy por eso. Todo empezó porque Miriam cocinaba como los ángeles y todo el mundo le decía que si vendía sus comidas se hacía millonaria, como yo me quedé sin trabajo ella se lo creyó y me sacó de la casa a comprar plátanos verdes, pollo y cuanta cosa tuviera un olor, hasta probé yo mismo cocinar y me salieron los guisos esos aguados, ella los probaba y me decía con esa condescendencia que sólo da el amor: “Tranquilo negro, mañana es otro día” y lo sacudía con su paleta echándole un poco de todo.
¿Recuerdas cómo creció el primer local? Tu fuiste cliente nuestro desde esos días. A los dos años se me ocurrió hacer el negocio algo más grande y Miriam hizo todo el diseño del local, donde iban a estar las mesas, la forma de churuata, la cocina, los anaqueles, bueno, ella cocinó este restaurante. Yo encontré a los albañiles. Y cuando estábamos casi listos, se enfermó mi suegra y Miriam agarró el primer autobús que encontró para verla. Ojalá hubiese esperado otro. Uno que no se hubiese despedazado al caer por un barranco. Fue muy duro identificarla en la morgue, por eso, Miriam y yo habíamos decidido lo de la cremación, porque eso de los cuerpos pudriéndose en un hueco es como otra muerte. Y bueno, pasaron tres meses para que yo arrancara otra vez con este local. Luego de la inauguración pasó todo eso que te conté, aunque yo me esforzaba copiando los guisos de Miriam nada me salía igual, hasta que un día alguien probó un patacón y dijo: “esto sabe a velorio”, se paró y se fue. Y en ese momento descubrí que no podía seguir con ese llanto eterno por Miriam; agarré la urna con sus cenizas y la puse en un tope de la cocina para que me diera suerte en lugar de ese hueco enorme. Pero tampoco venía mucha gente, los pocos que venían seguían arrugando la cara, entonces el vecino del apartamento de arriba que es santero me leyó los caracoles y me dijo: “Pero bueno chico, déjala que se vaya, déjala libre, suéltala aunque sea poco a poco”. Y pensé en llevar las cenizas al mar, pero a Miriam no le gustaba la playa, y tenía que soltarla, lentamente, pero en otro lugar, así que un día agarré y le eché un puño de cenizas al guiso. Sí, al guiso a ese que tanto gusta a todos ahora. Es el mismo, yo lo preparo en la mañana y justo antes de abrir le pongo un toque de sus cenizas y así la voy soltando de a poco.
¿Pero y por qué me miras así? ¿De cuál otra forma iba a ser? Si ella llenó el insípido guiso de mi vida, ahora que llene el de ustedes.
Javier Domínguez
4 comentarios:
Muy muy bueno, me gusto!!! Creo que, Soltar no es olvidar, es reconocer que siempre estuvo y estara ese alguien que se ama... Por eso hay que disfrutar en vida todo lo que se pueda, pues no sabemos cuanto dura el viaje pero lo interesante es hacerlo placentero... Inventar, producir risas, adaptarse a lo que tienes, luchar por mas y enfocarse en las metas, no en las barreras que nos alejan de ellas.
Interesante forma para aprender como ir soltando a alguien... si esta vivo imagino que tambien habra que hacerlo de a poco par aque no duela!!!
Gracias por publicarlo. Lo leí con mucho placer, además me trae muy buenos recuerdos de nuestras reuniones en el taller. No hay nada como "saborear" un buen texto.
(Rachel)
Hola, gracias por sus comentarios. En efecto, dejar ir no es olvidar, es liberación.
Saludos.
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