sábado, 11 de julio de 2009

En la sala de espera.


La sala era amplia aunque mal iluminada, el piso de un granito impecable y con mosaicos de colores con diseños que pretendían ser gaudianos, en todo caso daban al suelo un colorido extraño, diferente al común de las salas de espera de las clínicas.
Hay sillas por doquier, son grandes y cómodas, las personas pueden recostarse y explayarse en su espera. Este es un detalle interesante, sobre todo cuando la espera promedio para ser atendido por cualquier médico es de dos horas. No hay televisores pegados a las paredes, eso me extraña porque con tantos pacientes, ese detalle podría aligerar el agobio de la espera. Pienso que es un detalle que descartó el arquitecto porque arruinaría el supuesto diseño gaudiano de la sala. La palabra minimalista viene a mi cabeza, pero luego la descarto cuando miro el acabado del techo recargado con arabescos de yeso y pintados de colores pasteles, que además tienen lamparas internas que reflejan una luz fluorescente en el cielo raso.
En fin, luego de distraerme con un diseño interior por el que siento cierto agrado pero que en el fondo me da la espina de cierta artificialidad, concluyo que no confío en él y que algo de mal gusto se esconde detrás de los escritorios de granito de bordes curvados y las sillas ergnómicas. Decido escapar de esa sala y me sumerjo en un libro de cuentos de Federico Vegas que me atrapa en el segundo cuento y cuando más sumergido me hallaba en mi lectura llega la señora del celular.
La señora entró con paso apurado, fue hasta la secretaria y se anotó en la lista de espera de algún médico que dice llegar a la una, normalmente llega a las dos, así que la atenderá como a las tres. Era una mujer joven, a finales de sus treinta o como máximo inaugurando los cuarenta, algo regordeta y morena. La dama se siente a unos puestos de distancia de mí, pone su cartera en sus piernas y por unos segundos se corta todo el momentum de su llegada, cesa el taconeo con el que vendría zanqueando desde su casa, ya no llegan los ruidos de la calle, el tráfico, la radio del autobús o el de su carro, sólo queda ahora pasarse el suiche a modo de espera.
Pero como la leyes de la física no son una talanquera que pueda saltarse así como así, ella conserva su cantidad de movimiento y saca su celular de última generación, el touch-screen, con conexión wi-fi, reproductor mp3 y cámara de 1000Mpixels. Con un pulgar se mueve en la pantalla con la agilidad de un adolescente y llama a alguien: "Sí, ya llegué, el médico no ha llegado... me tocará como las tres... si vale y yo que me vine esmachetada desde la casa y como tenía diez mil agarré un taxi... no vale, no es flojera es que con ese sol no se puede caminar... yo le dejé el almuerzo hecho, menos la carne... bueno pero ni que fuera mocho ya está grande para freirse un bistec... no vale él sabe, ese no es bruto... sí yo hablé con Yadira, es que no pega pie con bola, Fran la tiene loca, porque no quiere estudiar, de broma se metió en un curso del INCE, vamos a ver si lo termina... ella quería que entrara en PDVSA así fuera limpiando pisos... ajá claro..."
Y por ahí se va la cosa como quince minutos por una cantidad de historias y chismes que no me importan pero tampoco me permiten refugiarme en la lectura y me obligan a enterarme de los pormenores de la vida de Fran que no quiso estudiar nada. La señora cuelga y de nuevo navega en la pantalla de su celular, llama a otra persona, le cuenta mas o menos lo mismo, una versión más corta, unos diez minutos. En el interín se sientan al lado una madre rodeada de adolescentes, sus hijos imagino, y por supuesto entablan una conversa en grupo: hablan de un próximo viaje de vacaciones con algunos amigos, la madre duda, los chichos tratan de convencerla, la señora del celular hace otra llamada, habla con alguien más, esta vez un tiempo mucho más corto. Parece que la madre ya le compró la idea del viaje a los chamos. La secretaria llama a la madre, debe actualizar los datos para su historia médica, se levanta y va al escritorio de las curvas dudosamente decorativas, la señora del celular vuelve a marcar un número, la escucho: "Hola, tengo una llamada perdida tuya... ¿no me llamaste?... pero aquí aparece... oye que raro... estoy en el médico pero creo que... ajá, ok, a lo mejor marcaste por error... ok, chao." Su voz tenía otro tono en esta llamada: como la vecina que llega sin avisar y espera instalarse en la sala con cualquier excusa, que pide unas cucharadas de azúcar y alarga la estadía hasta llegar al cafecito, al postre, cualquier cosa con tal de estirar el cuero de las horas en algo distinto al encierro de su propia casa (o este caso al encierro de la espera).La señora cuelga y se queda mirando fijamente la pantalla de su teléfono espacial. Ya no desplaza su dedo por el screen, ya no hay a quien buscar.
La madre regresa y se sienta, los muchachos retoman el tema del viaje, ella dice que lo va a pensar, pero que ellos necesitan comprar los pasajes ya, entonces la madre en un movimiento de astucia que sólo dan los años dice que debe llamar a alguien y pela por su celular. Es un aparato modesto, de esos que sólo sirven para hablar. Con la misma destreza de la señora del touch-screen hace su llamada y se conecta de inmediato. "Hola ¿cómo estas?... ando en la clínica... sí estamos esperando al doctor L... estoy con los muchachos... sí andan con un pujo por un viaje a margarita y bueno..." Por ahí se va la doña también a contar las crónicas de sus últimos minutos como si fuera una especie de Facebook oral.
Me levanto resignado a buscar un sitio con menos ruido para seguir leyendo, mientras me alejo veo a la señora del touch-screen y noto que mira a la madre con nostalgia. Sus ojos ya padecen la condena de la espera.

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